Cartas de la Biblioteca

Un baúl de los tesoros

Un baúl de tesoros

—Encontramos un baúl enorme en el hueco de una escalera. Nadie recuerda quien lo puso allí. Parece que tiene cintas de video dentro. ¿Te lo traemos?

Parece que una de las funciones del coordinador de un archivo —como el de la FCD— es recibir este tipo de noticias. Y de preguntas.

Debo confesar que semejantes anuncios siempre me llenan de alegría. Me gusta pensar que esos documentos que aparecen "sorpresivamente" en lugares no atendidos antes son sobrevivientes de épocas pasadas que han permanecido agazapados en la sombra por años, esperando que se dieran las condiciones adecuadas para resurgir. Gestionar un archivo implica, entre otras cosas, recibir a esos sobrevivientes con los brazos abiertos y, como un buen huésped, ocuparse de su bienestar y dedicar un tiempo a dialogar con ellos.

Pues, en general, tienen muchas historias que contar.

Me traen, pues, el baúl, que efectivamente resulta ser enorme y pesa como un ataúd. Es negro, plástico, tiene seguros metálicos oxidados, hilos y etiquetas de aerolínea atados al asa, y letras blancas pintadas con stencil sobre la tapa. Las letras señalan que aquel contenedor fue en algún momento propiedad de Elizabeth Pillaert, una científica de renombre que no pisa la Estación Científica Darwin desde hace al menos década y media.

Abro el baúl como, asumo, Carter y Carnavon abrieron la tumba del rey Tut a inicios del siglo pasado: con la respiración contenida, y deseando recibir una sorpresa. Sé, porque ya he recibido el maldito spoiler, que adentro hay cintas de video. Pero... vaya uno a saber cuáles, de qué tipo, de qué épocas, en qué formato...

Y, claro, recibo mi sorpresa.

[Probablemente los archiveros somos muy proclives a asombrarnos con facilidad. O puede que la vida, compadeciéndose de nosotros por todas las horas que pasamos entre papeles viejos, insectos y polvo, nos recompense con sorpresas auténticas]

Dentro de aquel envase plástico hay decenas y decenas de videocasetes. Cientos, probablemente, apilados uno encima de otro. Estoy seguro de que fueron arrojados allí por alguien que necesitaba almacenar todos esos registros en algún sitio y reutilizó la "propiedad de Elizabeth Pillaert" para tratar de protegerlos. Lo más curioso es que, coronando aquella montaña de cintas, hay dos chanclas negras de goma. Un toque de distinción.

Echo un vistazo por encima y empiezo a entender que frente a mis ojos y a mis manos tengo un enorme ejercicio de arqueología de los medios o media archaeology: el estudio de la historia de los soportes audiovisuales y de información. Una apasionante sub-disciplina de la archivística y la bibliotecología que se ocupa de seguirle los pasos a la evolución de las fotografías, las diapositivas, las películas, las grabaciones de audio, los disquetes y CDs...

Voy mirando etiquetas al pasar. Aquello es un baúl de los tesoros, una suerte de cápsula del tiempo a través de la cual me llegan un montón de retazos audiovisuales del pasado: trabajo hecho por los científicos de la FCD y por el área de comunicaciones, por los programas de educación ambiental...

El inventario inicial arroja 425 elementos. De ellos, más de 300 son videocasetes y mini-videocasetes de distintos tipos (8 mm, Hi8, metal), incluyendo marcas como Sony, TDK, Fuji, HG, Panasonic o Maxell. El resto son unidades DAT, unidades Data Cartridge, rollos de audio, mini-CDs, unidades Jaz, unidades Zip, unidades Optical Disk, y varias más.

Todavía no sé cómo voy a visualizar todos esos materiales: cada tipo precisa de un reproductor propio, que evidentemente no poseo. De momento no podré sentarme a dialogar con ellos, pues. Me toca entonces recibirlos, limpiarlos, revisar y reparar posibles roturas, identificarlos, organizarlos e ir reconociéndolos de a poco.

Todo un ejercicio de arqueología de los medios. Uno que, estoy seguro, me brindará muchas sorpresas más.

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