Cartas de la Biblioteca

Pequeñas alas que caen como copos

No resulta extraño abrir una caja o levantar un cartapacio en el archivo de la FCD y ser testigo de la caída de una pequeña (o gran) cantidad de polvo: una minúscula duna que se fue alojando con el transcurso de los años entre papeles no consultados y folletos olvidados. Para los alérgicos, como es mi caso, se trata de un verdadero suplicio del que no nos salvan ni los más sofisticados tapabocas. Sin embargo, tras más de veinte años de profesión, considero esos pequeños accidentes como gajes del oficio: una suerte de “peligro laboral menor” con el que tengo que lidiar.

Sin embargo, no siempre cae polvo. O pedacitos de cemento. O esporas de hongos. O excrementos de geckos, cucarachas o ratones. A veces, al sacudir un libro o al voltear un artefacto, uno se lleva una sorpresa y recibe una avalancha de un material inesperado.

Tal cosa me ocurrió hace tres años, revisando uno de los muchos paquetes que todavía permanecen cerrados en el depósito del archivo. Este, en particular, había sido aislado y puesto en cuarentena por una de mis predecesoras hacía casi una década, y desde entonces no se había abierto. Consideré que cualquier plaga que la caja pudiera haber contenido en el pasado estaría muerta ya, y comencé a retirar cuidadosamente las varias capas de película plástica que la cubrían. Supuse que me iba a encontrar con la habitual bofetada de polvo y excrementos, de modo que me protegí lo mejor que pude con guantes y mascarilla.

Abierta la caja, me topé con un conjunto de papeles severamente atacados por lo que, por el tipo de daño, parecía ser algún tipo de coleóptero. Entendí al punto la razón de mi pretérita colega para aislar ese contenedor y esos documentos. Tras eso, confirmé mis sospechas iniciales tras un rápido examen: cualquier cosa que hubiera estado viva en el interior ya no lo estaba.

Era de mañana, y los rayos de un sol tempranero se colaban a duras penas por la ennegrecida ventana principal del archivo. Coloqué la caja sobre mi enorme y sólida mesa de trabajo, y saqué los documentos en un solo montón. Y fue entonces cuando, de aquel amasijo de papeles medio devorados, se desprendió una llovizna de pequeños copos a los que la luz exterior arrancaba una miríada de brillos iridiscentes.

Eran alas.

Cientos de pequeñas alas de escarabajo.

Cientos, literalmente. Caían como diminutos helicópteros, cubriendo mi mesa, mis manos enguantadas, mi camisa azul, mi silla, el teclado de mi computadora… Era una verdadera nevada de fragmentos de quitina transparente flotando en el aire quieto del archivo, depositándose unos al lado de los otros, cubriéndolo todo.

Una vez retirados los documentos, descubrí que el fondo de la caja era un denso conglomerado de excrementos y exoesqueletos oscuros y descompuestos, prácticamente molidos. Las alitas, sin embargo, estaban intactas, con su estructura y su brillo originales.

No hay nada más preocupante, para alguien de mi profesión, que un ataque de insectos.  Los mohos pueden eliminarse controlando la humedad y la temperatura, los vertebrados pueden envenenarse… Pero los insectos, o, mejor dicho, los invertebrados, son terriblemente resistentes, y están llenos de mañas; no en vano han sobrevivido en donde otros seres vivos se han extinguido. No siempre es fácil deshacerse de ellos, y puedo imaginarme con facilidad el horror de mis predecesoras al tener que enfrentarse a este tipo de calamidad.

[De hecho, hay un informe muy curioso que conservo en nuestros fondos, y que describe las distintas especies encontradas en la biblioteca hace más de veinte años, tras poner varias trampas en estantes y rincones. Recuerdo mi boca abierta y mis cejas alzadas al comprobar que, en algún momento de la historia de la FCD, el espacio en el que hoy trabajo fue el hogar de dos docenas de invertebrados varios cuyo alimento principal eran los materiales que yo debo cuidar].

El caso es que, a pesar del enorme rechazo que me puedan producir las invasiones y los ataques de insectos, no puedo dejar de reconocer que son criaturas fantásticas y bellas. Y, de alguna forma, sentí que lo que en el pasado había sido una terrible invasión de cientos de diminutos coleópteros celulófagos se había transformado, por el mero paso del tiempo y de la vida, en un pequeño espectáculo.

Dediqué mucho tiempo en barrer, limpiar e intentar retirar esas alas. Nunca lo logré del todo. De vez en cuando, alguna llama mi atención con su brillo desde un rincón del archivo. Como la de la foto que ilustra esta entrada, aparecida hace poquito.

Y me recuerda que, por una simple ley física, nada se destruye, todo se transforma: unos viejos papeles, probablemente inútiles, se habían convertido, por la magia de la biología, en una maravillosa lluvia de diminutos copos brillantes.

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