Cartas de la Biblioteca

Historia de una muerte en duelo de pistolas

Es bien sabido que las islas Galápagos son acreedoras de algunas páginas oscuras –podría decirse incluso que macabras– en el Gran Libro de la Historia. Las gestas de Briones (el "pirata del Guayas"), los levantamientos de los peones de Floreana y San Cristóbal contra sus patrones, las crueles colonias penales, las aún irresueltas desapariciones de Floreana, los naufragios y sus historias de supervivencia… La muerte, como en todas partes, acecha a la vuelta de la esquina en las islas; sin embargo, en este territorio un tanto mágico y otro tanto desolado, parece adquirir tintes novelescos.

Un episodio no demasiado conocido incluido dentro de esos anales tristes de la historia archipelágica es el del duelo del oficial Cowan. Ese nombre, Cowan, fue inmortalizado en la geografía galapagueña: concretamente, en una bahía, un cabo y un volcán ubicados en la costa noroccidental de isla Santiago. Sin embargo, muy pocos saben cuál es el origen de esa denominación (algo, seamos honestos, que podría decirse de buena parte de los topónimos isleños).

La historia nos obliga a retroceder en el tiempo hasta mediados del siglo XIX, la época en que balleneros y peleteros europeos y americanos se ocupaban de saquear concienzudamente las costas y las corrientes del Atlántico y, ante el evidente agotamiento de estas, buscaban nuevos territorios y espacios vírgenes en donde hundir los colmillos de su avaricia. El Pacífico, el extenso Mar del Sur, una auténtica terra incognita hasta un siglo antes, era el candidato perfecto, de modo que las grandes potencias comenzaron a competir por el control de sus aguas. Las recién independizadas naciones americanas contaban con cierta ventaja, dado que controlaban las costas orientales de esa Mar Océana, pero eso no iba a desanimar a países como Gran Bretaña o Estados Unidos, acostumbrados a salirse con la suya y a obtener lo que deseaban por las buenas o, lo más habitual, por las malas.

En 1816 llega a las Galápagos el capitán estadounidense David Porter, al mando del U.S.S. Essex, con el propósito de "limpiar" la región de balleneros británicos (la competencia) y evaluar su valor como campo de caza, refugio y aprovisionamiento. Porter recorre el archipiélago, captura varios barcos ingleses y, en su detallado diario, da cuenta de todos los detalles necesarios… y de muchos más: entonces, como aún sucede hoy, el norteamericano es incapaz de disimular su asombro ante la maravillosa biodiversidad que desfila, impávida y despreocupada, ante sus ojos.

En ese mismo diario (publicado en 1815), el capitán da cuenta, muy de pasada y disimulando bastante los términos, de un duelo. El hecho no estaba permitido dentro de la marina británica (el mismo Porter lo menciona como "a practice which disgraces human nature"), pero era costumbre habitual de la época: solventar las diferencias a cuchillazos, sablazos o disparos. El motivo de la diferencia en cuestión no fue registrado por Porter, pero al parecer se produjo entre dos de sus oficiales, los cuales desembarcaron en James Bay, en Santiago, a plena luz del día, seguramente acompañados por su gente de confianza, y arreglaron sus problemas a punta de pistola, pólvora y plomo.

Como resultado, uno de los oficiales, el teniente John S. Cowan, murió al tercer disparo. Fue enterrado por Porter en las vecindades de un manantial por entonces muy utilizado por los navegantes que pasaban por Galápagos, y que aún se ubica al pie del cerro conocido como "Pan de Azúcar". Sobre su tumba se colocó la siguiente inscripción:

Sacred to the memory
of Lieut. John S. Cowan,
of the U.S. Frigate Essex,
who died here anno 1813,
aged 21 years.

His loss is ever to be regretted
by his country;
and mourned by his friends
and brother officers.

En el mapa de las islas que realiza para documentar su travesía (y que fue publicado recién en la segunda edición de su diario, en 1822), Porter plasma el apellido de su subordinado en una bahía, "Cowan's Bay", abierta al oeste de Santiago, habitada por piqueros y fragatas, empapada por las lloviznas isleñas y siempre encrespada por el soplo de los vientos. El nombre parece haberse extendido, más tarde, al cabo y al cerro.

Durante algún tiempo, la tumba de Cowan se convirtió en un sitio de visita: una suerte de lugar de peregrinación, una verdadera referencia en el paisaje de isla Santiago. De hecho, la cruz que marcaba su ubicación es mencionada por varios cronistas y viajeros durante al menos medio siglo después del duelo de marras (un ejemplo es el del naturalista John Scouler, en 1825). Sin embargo, en un momento determinado parece haber desaparecido, dado que nadie la vuelve a mentar...

...hasta 1965. Entonces, el colono noruego Jacob Lundh, uno de los primeros habitantes de la actual Puerto Ayora e "historiador no oficial" de las islas (además de ser el dueño original de los terrenos en donde hoy se levanta la Estación Científica Charles Darwin) escribe un breve texto para la Fundación Charles Darwin titulado Notes on the Galápagos Islands. Allí apunta un relato que, al parecer, circulaba entre los viejos trabajadores de la mina de sal que, desde mediados del siglo XIX hasta mediados del XX, funcionó en Santiago. Lundh, citando palabras de Hugo Egas Zevallos (hijo de Darío Egas Sánchez, propietario original del lado oeste de la isla y de la mina), dice que, en 1926, los trabajadores de la sal habían encontrado, cerca del manantial del "Pan de Azúcar", un cadáver momificado.

Un cadáver que aún vestía los restos de un uniforme azul con galones dorados. El uniforme de los oficiales de la marina británica.

Dicen que, cuando la tocaron, la tela se deshizo. Nadie estuvo seguro de que ese fuera el cuerpo de Cowan. Pero... ¿acaso puede hablarse de certezas en la legendaria historia galapagueña?

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